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La iglesia necesita sanidad

Publicado por: admin on Wednesday, 22 April 2009Sin Comentarios

sanidad
Por Marcelo Laffitte

Estábamos de vacaciones en un hotel en las Sierras de Córdoba.
Lo habíamos elegido porque tanto el propietario como su personal son creyentes. Además, el lugar es un verdadero remanso de paz.
Habíamos ido con un pastor, un misionero norteamericano y con todos nuestros hijos.
Durante el desayuno, Hilda, mi esposa, me comentó que notaba una profunda tristeza en la joven que servía el café.
Cuando todos nos levantamos de la mesa, Hilda se quedó hablando con esa chica que, como dije, asistía a una iglesia evangélica.
“Sí, realmente estoy muy triste”, confirmó.
“¿No quisieras venir a nuestra habitación para que oremos por vos?”, le preguntó Hilda.
“Puedo, pero solamente esta noche” replicó la joven.
Esa noche vino. Se quedó por más de cuatro horas que fueron cuatro horas realmente dramáticas.
Aquella pobre mujer –de unos 22 años- estaba poseída por demonios.
Afortunadamente, el pastor que nos acompañaba tenía mucha experiencia en el campo de la liberación.
La chica fue liberada, pero después de un agotador trabajo, en donde los espíritus del mal desplegaron todo un atemorizante arsenal de recursos para no soltarla.
Los gritos de aquella joven estremecieron a todo el hotel. Por momentos cambiaba de voz y los demonios proferían insultos con tono grave y amenazador.
Nuestras hijas y los otros chicos, que ocupaban cuartos alejados del nuestro, temblaban de miedo y aquello se convirtió en una experiencia que no olvidarían jamás.
Ocho demonios, que contamos claramente, abandonaron a la joven luego de dar sus nombres y luchar denodadamente para quedarse.
La joven quedó libre. Sus facciones se ablandaron y volvieron a ser dulces, pero, a pesar de que en esa noche hacía mucho frío, su grueso pulóver quedó empapado por cuatro horas de intensos movimientos.
Repito: se trataba de una creyente bautizada y con algunos años de convertida.

He visto esto varias veces

No es el único caso que he podido ver y palpar personalmente. Podría contar otras experiencias de cristianos atados por demonios.
Posiblemente usted se asombre si le digo que esto no es raro en nuestras congregaciones. Y quizás me tilde de hereje si afirmo que ser miembro de una iglesia evangélica no nos hace inmunes a este tipo de ataques.
Pregúntele a Carlos Annacondia o a Pablo Bottari, respetados referentes en el tema, y ellos podrán decirle cuánta sanidad necesitan nuestras iglesias.
En algunas congregaciones se ha alimentado el erróneo concepto de que si no se habla de demonios, si no se los menciona, ni aparecen por allí.
El Señor enseñó sobre la liberación de manera muy clara. Y lo hizo como un gesto de amor muy grande, porque solamente los que están atrapados por las fuerzas del mal saben lo que se sufre.
Por favor no tome a este escrito como simplemente una postura teológica que puede ser discutida. Tómelo como un aporte trascendental que traerá libertad a mucha gente cautiva.
“El ministerio de liberación siempre debe acompañar al ministerio de evangelización”, dice convencido Pablo Bottari en su libro Libres en Cristo. Dice, además, que si en las iglesias no se ministra liberación, “se criarán hijos discapacitados espiritualmente, enfermos, afligidos y atormentados”

Sufrir en silencio

Muchas personas que hoy ocupan las bancas de nuestras iglesias cargan en silencio maldiciones que arrastran del pasado. Sólo ellos saben que están lejos de disfrutar la vida abundante que se promete.
Extrañamente la iglesia no quiere aceptar que necesita ser sanada.
Pareciera que todos los esfuerzos apuntan a la evangelización pero olvidan el contenido de Marcos 16, 15-18.
Allí, el propio Señor Jesús pone el mismo énfasis para decir “vayan y prediquen” como para indicar, con naturalidad “y liberen a la gente endemoniada”
Admitamos que en nuestras congregaciones –posiblemente el único lugar donde la gente puede hallar solución a sus ataduras espirituales- no se realiza una debida ministración en este tema. ¡Qué pena! Otra vez ¡Qué pena! Porque privamos a muchísima gente de poder disfrutar de la vida. Y no sólo eso. Les impedimos cumplir con el propósito de Dios para ellos, porque una persona atormentada está lejos de poder ser fructífera en su ministerio.
No se puede entender (si no se lo adjudicamos a una treta fatal del enemigo) que seamos tan celosos con algunos textos bíblicos y dejemos a otros totalmente de lado.
La Escritura no deja ni un resquicio de duda cuando dice “para esto apareció el Hijo de Dios, para deshacer las obras del diablo” 1 Juan 3.8
“Entonces llamando a sus discípulos, les dio autoridad sobre los espíritus inmundos para que los echasen fuera… y para sanar toda enfermedad y toda dolencia” Mateo 10.1
Dios no quitó nunca esa autoridad para liberar. Esa misma autoridad está en nuestras manos. Él lo vuelve a repetir varias veces.
“El espíritu del Señor está sobre mí, por cuanto me ha ungido para dar buenas nuevas…y me ha enviado a pregonar libertad a los cautivos y a poner en libertad a los oprimidos…” Lucas 4.18, 19
Aquí el Señor habla de la salvación pero no se olvida de los oprimidos, porque Jesucristo vino a cumplir con la promesa del Padre de rescatar al hombre del yugo de Satanás.
El vino a deshacer las obras del diablo.

Atados sin saberlo.

Hay muchos hermanos en nuestras iglesias que en su pasado, por ignorancia, han participado de actividades ocultistas, han visitado curanderos o brujos, se involucraron en gualichos, maleficios y pactos extraños. Han asistido a reuniones espiritistas o han intentado hablar con familiares muertos.
Seguramente lo han hecho sin saber su grado de peligrosidad. Y así, muchas almas quedaron atadas.
Luego se convirtieron a Cristo pero no fueron debidamente ministrados.
Es verdad que “las cosas viejas pasaron y que todas son hechas nuevas”. Pero no alcanza con leer el texto. Hay que hacer algo. Y ese algo es ministrar liberación.
De esa forma, por más negro que haya sido el pasado, Aquel que es mucho más poderoso que el que está en el mundo, cumplirá con su promesa de…”Yo he venido para que tengan vida, y para que la tengan en abundancia” Juan 10.10

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