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El propósito de la oración

Publicado por: admin on Thursday, 23 April 2009Sin Comentarios

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Si la oración es comunicación con Dios, su propósito no es tanto obtener algo de Él, sino entrar en esa relación plena con Dios que la Biblia describe como paz. El desea estar en comunión con nosotros. La motivación primordial para orar debe ser el conocer a Dios más íntimamente, llegar a estar en tal armonía con Él que trabajemos con nuestro Señor para que su voluntad se cumpla en nuestra vida, en su iglesia y en este mundo perdido. En la oración llegamos a saber qué es lo que Dios ama, lo que quebranta su corazón, lo que le da gozo. Compartimos su sueño y aspiración de que su reino venga.

 

Pero, Dios también nos invita a que le demos a conocer nuestras peticiones (véase Filipenses 4:6). Juan Wesley resume correctamente la enseñanza bíblica al respecto, diciendo que Dios no hace nada “si no le piden en oración”. Esto no significa que nuestras oraciones cambien lo que Dios piensa, aunque la Escritura sostiene que a veces lo hacen. La oración da resultado porque el Dios santo y amoroso ha decidido actuar en respuesta a lo que hacen sus criaturas.

 

No oramos porque Dios necesita nuestro consejo. Tampoco lo hacemos porque Él necesita compañía. Oramos porque nosotros necesitamos a Dios. Y oramos con confianza porque, como sus hijos, sabemos que Él desea sólo lo mejor para nosotros.

 

A veces nuestra idea de lo que es mejor es totalmente contraria a lo que experimentamos. La vida humana, aun para los cristianos, a menudo involucra decepciones, fracasos y sufrimiento. Puesto que no somos Dios, no siempre sabemos qué es lo mejor y no entendemos por qué un Dios todopoderoso permite el mal en su mundo, en especial cuando somos sus víctimas. No olvidemos que, para Jesús, la sumisión a la voluntad del Padre significó la cruz. Y, no olvidemos que ese Viernes Santo no fue el final de la historia.

 

/ Dios no es un abuelito celestial, indulgente y complaciente. / Sabe que no todo lo que consideramos necesario es lo que más nos conviene a largo plazo. Precisamente, porque Dios nos ama, permite que experimentemos la disciplina que formará nuestro carácter, tal como lo hizo con su único Hijo, nuestro Señor, quien “a través del sufrimiento aprendió lo que es la obediencia” (Hebreos 5:8).

 

Tomado del libro: Poderes invisibles

Redactor: Everett Leadingham

Editorial: Casa Nazarena de Publicaciones 

 

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