Cuando mueren las moscas
Por Chris Shaw
Las Escrituras nos proveen, en la figura de Job, la definición más clara del término “integridad”. Señalan que Job “era un hombre perfecto y recto, temeroso de Dios y apartado del mal” (1.1). La descripción revela un estilo de vida y una entereza cultivados a lo largo del tiempo, enteramente diferente a las posturas fingidas que no resisten el fuego de las pruebas. La integridad le otorga una firmeza a la persona que le permite sobreponerse a las circunstancias, principio que claramente revela la historia de Job.
En un segundo encuentro entre Jehová y Satanás, el Señor señala: —”¿No te has fijado en mi siervo Job, que no hay otro como él en la tierra, varón perfecto y recto, temeroso de Dios y apartado del mal? ¡Todavía mantiene su integridad, a pesar de que tú me incitaste contra él para que lo arruinara sin causa.” (2.3). Es esta capacidad de mantenerse firme en las convicciones, aun en las condiciones más adversas, la que mejor describe la esencia de lo que significa ser una persona íntegra.
Job entendía que esto constituía el fundamento de una vida agradable a Dios y por eso, frente a los errados argumentos de sus amigos, exclamó: “¡Hasta la muerte mantendré mi integridad!” (27.5)
Cuando la vida se complica
El desafío a no desviarse ni a izquierda ni a derecha de los principios eternos de la verdad, es lo que precisamente resulta tan difícil cuando la vida se complica, por ejemplo, cuando hay demoras en ciertos trámites, deseos de evitar una multa o a la necesidad de pagar, en impuestos, una suma de dinero que consideramos injusta.
Cada persona conoce las dimensiones particulares de sus luchas y la presión que ellas ejercen sobre el corazón. Más debemos comprender que esa presión no es más que la manifestación de la puja entre el espíritu y la carne, envueltos en un interminable combate por controlar la voluntad del hombre.
En ocasiones, el camino más fácil parece ser el de ceder, haciendo oído sordo al testimonio de la Palabra que ha sido sembrado en el corazón. En estas instancias, quienes se mantienen firmes en sus posturas se tornan una ofensa contra el sentido común. Escuche la exasperación en las palabras de la esposa de Job: “¿Aún te mantienes en tu integridad? ¡Maldice a Dios y muérete!” (2.9).
Solo una mosca apesta el perfume
El claudicar al llamado de alinear los comportamientos con los principios que gobiernan el corazón constituye una sentencia de muerte para el cristiano. En el libro de Eclesiastés, Salomón señala: “una mosca muerta apesta y echa a perder el buen perfume. Cuanto más la tontería más ligera arruina la sabiduría más respetable.” (10.1).
La observación, aunque fue echa hace tres mil años, sigue siendo tan acertada hoy como en aquella lejana época, pues / no podemos huir del hecho que nuestro comportamiento habla más fuerte que nuestras palabras. / El mejor maestro de la Palabra, el más tierno de los pastores o el más sabio consejero no pueden eliminar el mensaje que dejan las decisiones tomadas en determinados momentos de la vida. Más de un líder ha descubierto, luego de un acto desatinado, que la gente no recuerda todo el bien hecho, sino que graba en el recuerdo el desafortunado hecho que ahora lamenta tan profundamente. ¡Así de frágil es la integridad!
Todo lo que hacemos repercute
Lo aparentemente inofensivo de algunas decisiones es justamente lo que nos lleva a creer que estas no tendrán ninguna repercusión en el curso de nuestra vida. ¿Qué daño puede hacerle a nuestra reputación el pagar, alguna vez, un soborno? ¿Acaso no existen situaciones donde es sabio mentir? ¿Qué problema puede haber en faltar uno a su palabra, si las circunstancias lo obligaron a esto?
La integridad, sin embargo, no es el resultado de hechos puntuales, sino la suma de una interminable serie de decisiones que fueron siempre coherentes con una misma verdad. Estas decisiones normalmente se refieren a lo que acontece en el ámbito cotidiano de la vida (obsérvese la lista de comportamientos, en el Salmo 15, que David considera necesarios para andar en integridad). / El hombre íntegro siempre mantiene la misma conducta, en toda circunstancia. /
Ser íntegros cuando no nos ven
La integridad también es difícil de cultivar porque depende mucho más de lo que ocurre en el ámbito privado de la vida, que en el público. En otras palabras, es fruto de la forma que un hombre actúa cuando otros no lo están observando. Este es uno de los asuntos menos comprendidos por muchos líderes de nuestras iglesias, pues ajustan su comportamiento a los momentos “espirituales”, es decir, cuando suben a la plataforma o toman en sus manos el micrófono. No se dan cuenta de que el verdadero peso en el ministerio lo otorga la forma en que se vivió entre reunión y reunión, ni recuerdan que el relajamiento en el ámbito personal de la vida acaba matando aquellas moscas que eventualmente echarán a perder el perfume de la buena reputación.
Rindiendo cuentas al amigo
¿Cómo podremos, entonces, avanzar hacia vidas de integridad? Un buen comienzo es cultivando relaciones de intimidad con otros que contemplan la posibilidad de examinarnos los unos a los otros. El idioma inglés describe este tipo de relación con la palabra accountability. Es interesante que nuestra cultura latina no tenga ninguna traducción para este término, lo que sin duda refleja nuestra tendencia a no rendirle cuentas a nadie.
Incluso cuando la corrupción es comprobable, la impunidad pareciera ser la ley más fuerte. Los grandes movimientos de renovación, no obstante, gestaron este tipo de compromiso entre aquellos que seriamente deseaban crecer en santidad. Es una forma bien práctica de que nos ayudemos, los unos a los otros, a no echar a perder el aroma de Cristo en nuestras vidas. El compromiso es solo para valientes, pero la integridad bien lo vale.
Tomado de la revista: Apuntes pastorales
Volumen XXII – Número 3

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