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¿Dios odia al pecado y al pecador?

Publicado por: admin on Wednesday, 22 April 2009Sin Comentarios

arrepentidoLas mentiras que nos creemos

“Dios no solo odia mi pecado sino también me odia cuando peco. Por lo tanto, debo odiarme”. ¡Gran mentira del diablo! Por nuestra salud espiritual debemos desterrar estos engaños de nuestra vida.

El creer en esta distorsión dificulta el apartarse del pecado. ¿Por qué? Debido a que la energía que toma el apartarse del pecado se gasta en el odio que malgastamos en nosotros mismos. Esto representa una mala interpretación del verdadero concepto divino del perdón y la confesión. Sin embargo, lo peor es que este es un círculo vicioso que no admite victoria.

Cristina luchaba con esta mentira. Ella es una madre de tres niños que ha sido cristiana por mucho tiempo. Su esposo y ella salieron por muchos años antes de casarse. Durante los primeros meses de noviazgo quedó embarazada. No sabía qué hacer. Sus valores cristianos y creencias cristianas le decían que se quedara con el bebé y se casara con Rafael. Pero ninguno de los dos quería casarse en aquel entonces.

La culpa que muerde y no cede

Cristina, motivada por Rafael, decidió tener un aborto. Pero se deprimió porque esto violaba sus valores cristianos. Se mantuvo así por varios meses que, a la larga, se convirtieron en años. Ellos dos finalmente se casaron y comenzaron a tener hijos. Pero Cristina terminó odiándose. / No podía sacudirse la culpa por el aborto que se había hecho y estaba convencida de que Dios no podría perdonarla y amarla de nuevo. /

Se me hacía sumamente doloroso observarla durante nuestras sesiones. Había reprimido tanto dolor y sufría tanto autodesprecio.
-No parece que pueda dejar a un lado lo que hice
Decía Cristina en más de una ocasión
-Sientes que no mereces que puedas continuar con tu vida, ¿verdad?
Asintió, mientras estrujaba un pañuelo en su mano.
-No merezco el perdón.
-Así que debido a esto continúas castigándote con la culpabilidad y la depresión.
-¡Estoy segura de que Dios no quiere que actúe como si nada hubiera sucedido!-exclamó.
-¿Le sorprendería si le dijera que eso es exactamente lo que Dios quiere?
-¡Seguro que sí!-respondió-. No puedo creer que Dios quiera que me olvide de esto.
Me detuve por un instante para que ella pudiera pensar sobre el asunto. Entonces dije:
-¿Realmente cree que tiene que seguir creyéndose una miserable por el resto de sus días?
-¿Qué? ¿Qué es lo que está diciendo?
-¿Cree en un Dios que desea que desperdicie su vida debido una acción equivocada que cometió cuando joven?-le respondí.
-Bueno, en realidad no lo creo así-comenzó a decir-, pero parece muy sencillo decir que ya pasó y que tengo que seguir con mi vida.
-Mire-dijo ella, casi perdiendo la paciencia-, alguien tiene que pagar por lo que sucedió y esa soy yo.
-Usted ya pagó por lo que sucedió. Confesó que lo había hecho. No lo ha repetido. Ha estado deprimida desde el aborto. Añadir más miseria al asunto no erradicará el pasado ni agradará a Dios.
-Internamente siento que está equivocado-dijo sacudiendo su cabeza boquiabierta.
Consideré su situación por un momento. Casi actuó como si, de una manera distorsionada, disfrutara de su propia penitencia. Traté otra táctica y le dije:
-¿Podría verse odiándose, no porque eso sea lo que Dios quiera, sino porque eso es una manera de enmendarse? / ¿Cree que odiándose pagará su viejo pecado? /
-Todavía suena demasiado fácil-dijo volteándose hacia mí con una vaga expresión en el rostro-. Si no puedo perdonarme, ¿cómo podría hacerlo Dios?

Cristina quedó atrapada

Cristina no cedía. Escogió el camino del saco de cilicio y me entristece decir que todavía anda en las mismas. Así de atrapados podemos quedar si creemos en la mentira de que la mejor forma de expresar pesar por el pecado es odiándonos.

Diana, otra paciente, escogió otro camino. Cambió la dirección de las cosas. El día que tomó lápiz y papel para comenzar a estudiar lo que Dios dice en cuanto al pecado y los pecadores, con el deseo de evaluar su vida y sus creencias de una nueva manera, comenzó la jornada para la comprensión de la gracia. Estudiarlo, vivirlo y apartarse de la mentira de que tanto el pecado como el pecador deberían ser odiados, hizo que se convirtiera en uno de los temas dominantes de su vida.

Estas mujeres son buenos ejemplos del daño que se puede hacer en el nombre de la religión y el cambio fundamental que se necesita para deshacerse de estas mentiras, así como el futuro dolor que causan.

“Ni yo te condeno”

El relato bíblico de la mujer atrapada en adulterio es un maravilloso ejemplo del verdadero concepto de Dios en cuanto a la relación entre el pecado y el pecador. Recordará que varios legalistas de aquel entonces actuaban como “policías religiosos” de Dios, arrestando a los que violaban la ley de Moisés. Agarraron a la mujer adultera y la arrastraron hasta Cristo, a quien ellos quizás consideraban como algún aguacil moral.

De acuerdo con la ley mosaica, la mujer debería ser apedreada a muerte en ese mismo momento. Sabiendo esto, los maestros de la Ley y los fariseos le preguntaron a Cristo qué debían hacer. Estaban tratando de usar esto como una estratagema para entramparle. Su respuesta fue decirles que “(…) El que de vosotros esté sin pecado sea el primero en arrojar la piedra contra ella” (Juan 8:7). Por supuesto que nadie se atrevía a moverse, aunque supongo que algunos de los fariseos así lo deseaban.

¿Qué es lo que Cristo estaba tratando de hacer? Todo el mundo peca y no podemos ayudarlos si lo golpeamos a muerte. Al hablar con la mujer resumió la actitud de Dios con estas simples palabras: “(…) Ni yo te condeno; vete, y no peques más” (Juan 8:11).

Por lo general, el pecado es castigado suficientemente en términos de las consecuencias naturales que produce. Amontonar más sobre este castigo personal parece algo absurdo y no es bíblico, aunque mucha gente (religiosa) diga que es una actitud cristiana. Pero, como dice uno de mis colegas, eso sería como si tratarámos de curar un tobillo torcido golpeándolo con un pedazo de hierro.

Ponga esfuerzo en corregirse

Por lo tanto, ¿qué será verdad? ¿La reacción de Cristina o la de Diana? ¿La de los fariseos o la de Cristo? Si usted piensa que se está zafando muy fácilmente del asunto, porqué decidió odiar al pecado y no al pecador, déjeme decirle que el solo hecho de corregir su pecado, aun con la ayuda de Dios, requerirá todo su esfuerzo. No es nada fácil.

En realidad estamos escogiendo nuestro propio estilo de manejar el pecado y el estilo que Dios ha preparado para nosotros: Corregir nuestro pecado, enmendar el daño que le causamos a aquellos que fueron afectados por este y finalmente dedicarnos a apartarnos de ese pecado en el futuro. Decide hacerlo a la manera de Dios. Es la única manera de seguir creciendo.

Tomado del libro: Las mentiras que creemos
Autor: Dr. Chris Thurman
Editorial: BETANIA

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